Mayo – 2021

Columna de opinión

Columna de opinión

SUSANA BURGOS
Periodista y consultora de comunicación

El 23-F…de 2021

Siempre me ha producido pudor hablar o escribir sobre el 23-F. Seguramente porque la imagen de unos padres nerviosos y asustados desde el prisma de la niña de 9 años que yo era, no acabe de resultarme confortable. Y porque más allá de eso, a lo largo de los años me ha tocado entrevistar a historiadores, militares, políticos y colegas que lo han estudiado todo sobre la intentona -o que la sufrieron en primera persona-, lo que convierte en irrelevante cualquier juicio de valor que una tenga la tentación de expresar.

Me dejaré a muchos, pero me vienen a la cabeza las reflexiones de Stanley Payne, Jesús Palacios, Victoria Prego, el añorado Pepe Oneto, José Antonio Ovies o Jaime Mayor Oreja, que fue uno de los 350 diputados secuestrado en el Congreso aquella tarde-noche de infausto o glorioso recuerdo, según elijamos quedarnos con el fallido golpe o con sus efectos.

A todos les pregunté lo mismo, ¿qué queda por saber del 23-F? Y aunque nunca he hallado una única respuesta, unos y otros coinciden en una misma impresión, que comparto plenamente. La asonada sirvió para valorar la Transición como uno de los mayores aciertos en la historia de España. Y para apreciar a quienes la capitanearon por lo mucho que costó llevarla a cabo.

Por eso cuarenta años después entristece, no el ver sentados en el Parlamento -y hasta en el Gobierno- a los enemigos de ese espíritu que nos trajo paz y concordia, que eso se llama democracia; sino constatar que trabajan sin descanso para derribar todo lo que el 23-F acabó de apuntalar.

SERGIO MENA
Doctor en Periodismo y profesor

El 23-F, las tres Españas y Europa

Mucho ha cambiado España en estos últimos cuarenta años aunque en algunos aspectos, seguimos igual – o incluso peor – que entonces. La democracia en España era muy frágil en 1981. Tiraban de ella por ambos extremos de la cuerda, y, sin embargo, consiguió aguantar. Sólo diez años después de la muerte del dictador Francisco Franco España realizó su paso natural al lugar que, por lógica, debía ocupar en el espacio europeo y eso fue lo que la catapultó definitivamente. Y lo que ha permitido que esa democracia frágil se haya reforzado a pesar de sus evidentes e incuestionables debilidades – que no anomalías -. Gracias a ese club continental España pasó de tener un PIB per cápita de 4.699 dólares en 1975 a llegar a tener otro de 35.366 en 2008 – el máximo que ha llegado ha atesorar -.

Porque España no es una dicotomía de posiciones ideológicas basadas en dogmas de siglos pasados, como algunos pretenden hacer ver a la opinión pública y al mundo. España es, y ya lo era en 1981, un encuentro entre ciudadanos donde abundan los cabezotas que se empeñan en demostrar que su forma de ver la vida es la única, la correcta y la que hay que seguir sin contar con el punto de vista de los demás. Por fortuna no son los más, ni lo eran en 1981, y por eso, porque entre las dos Españas soberbias y rencorosas que tiran de los extremos de la cuerda – aún hoy – se posicionan la gran mayoría de españoles esta democracia frágil pero más plena que la de Estados Unidos sigue adelante.

Aquel 23 de febrero se cerró una etapa negra de nuestra historia; la de la imposición de una voluntad política por medio de las armas que tanto gustaron de ejecutar Pavía, Primo de Rivera, Sánchez Guerra, Galán, García Hernández, Sanjurjo o Casado. De la última asonada conocemos mucho de muy poco, pero lo que nos ha quedado claro es que por primera vez en mucho tiempo la jefatura de este Estado apostaba por una ley fundamental surgida del consenso y que ninguna otra fórmula podría llevarnos a donde teníamos que haber estado desde 1957. Por fortuna el órdago involucionista y retrógrado no tuvo apoyos, pero nuestra democracia siguió sufriendo los tirones de la cuerda por parte de los dos extremos en los años siguientes. Hoy, cuarenta años después, siendo todos mucho más ricos que entonces, vuelven a avivarse las brasas de aquellos fuegos que, por desgracia, no terminan de ser apagados. Si Europa ha sido nuestra salvación, ahora que nos vuelve a azotar la crisis con fuerza, debería ser el bombero que necesitamos en esta piel de toro.

ENRIQUE CALVET
Exeurodiputado y presidente de ULIS

De un golpe de Estado a otro

Puestos a comentar el intento de golpe de Estado del 23-F de 1981, que vivimos intensamente, optamos por la perspectiva histórico-política y obviamos los entresijos y el rol de cada cual en el suceso en sí. Sí nos permitimos, en una Fundación llamada Opinión y Transparencia en busca de la Verdad, recomendar los libros del historiador Jesús Palacios para quienes estén interesados en el desarrollo de los hechos y en su trasfondo del momento.

Con distancia, a nuestro juicio, podemos decir que la intentona fue un lamentable episodio casposo y solanesco que nos desprestigió mucho a escala internacional y ahondó a corto nuestros problemas económicos. Fue una vergüenza. Pero, cuatro decenios más tarde, podemos decir que, tal como reaccionó la sociedad española, desde la mayoría en las calles hasta la mayoría de la élite y de los poderes fácticos, la sofocación del golpe y su contundente superación, la intentona subversiva fue la última asonada decimonónica y permitió despejar para varios lustros el camino de España hacia la modernidad y hacia la integración sin ambages en el club de las democracias europeas. Reforzó las Instituciones y dejó clara la voluntad de España de no retornar al pasado. Y entró en la C.E.E. cinco años después. Eso demuestra que de un mal bien gestionado se puede lograr mucho bien.

El grave problema actual es que España se está mostrando mucho más incompetente y dubitativa a la hora de afrontar algún “golpe de Estado a cámara lenta” que arrastramos desde años. Ojalá lo hubiéramos tratado como el del 81 en las calles y en las Instituciones…