Mayo – 2021

Artículos de referencia

Columna de opinión

Hace poco tiempo comentaba con el profesor Manu Martínez (director del programa Tablero Deportivo de RNE), en el despacho del departamento de mi universidad, un hecho que también los medios y los expertos están denunciando y que yo, desde aquí, me gustaría poner en solfa. Comentaba Manu que no le cabía en la cabeza que alumnos de la carrera de Periodismo, que se supone que acuden a formarse en una disciplina que les es motivante, desconozcan elementos básicos de la profesión (como era, en este caso, el concepto de ‘boletín’). Es como si un estudiante de matemáticas llegara a la carrera sin saber multiplicar. ¿Por qué ocurren estas disrupciones? En mi parecer, se unen diversas magnitudes para poder explicarlo.

Caída del nivel de exigencia

Por un lado, la educación básica (tras las diferentes reformas, que más bien han sido reducciones) ha bajado descaradamente el nivel de exigencia para producir ciudadanos más expuestos, menos críticos y limitadamente formados. Y eso ha pasado porque el nivel conseguido con la EGB (sí, un sistema exitoso de la dictadura) producía un número elevado de licenciados que el sistema no podía absorber. ¿En cuántos casos hemos conocido noticias sobre sectores de producción que no tenían trabajadores cualificados cuando hemos rozado el 25% de desempleo? La solución, en el 2000, pasó por traer a esos trabajadores de otros países «porque en España los españoles, no querían trabajar» en depende qué oficios. Pero eso no fue sino un parche mal cosido.

Una vez bajado el listón, se ha dado a cada comunidad autónoma la potestad de crear su propio currículum en una maniobra de guiño político, sin considerar que se rompe de esta manera la igualdad de oportunidades de los futuros ciudadanos. Que la peculiaridad de cada autonomía se refleje en su plan de estudios es un hecho que se debe tener en cuenta, pero mi propuesta iría por permitir a las comunidades gestionar el ‘continente’ (como ocurre con la administración de justicia), pero no el ‘contenido’. ¿Nos cabría en la cabeza pensar que las leyes fueran diferentes en cada comunidad autónoma? En España existe un marco legal común, pero en algunas existen pequeñas particularidades (por ejemplo, en el derecho civil) que, en todo caso, no comprometen la igualdad.

El mal de la universidad y una esperanza

Por otro lado, nuestra querida Europa no ha ayudado a mejorar el nivel de nuestros estudiantes o, por lo menos, no ha facilitado que haya un mayor acceso a la formación superior. Con la excusa de la calidad y la excelencia ha creado un sistema (muy loable), conocido por todos como ‘Bolonia’, que, directamente, ha hecho que los alumnos que acaban una carrera universitaria terminan un ‘grado’, que es inferior a una ‘licenciatura’. Para conseguir la equivalencia con las antiguas carreras españolas hay que cursar un máster de uno o dos años que, en algunos casos, es obligatorio para ejercer, lo que supone además una inevitable subida de matrícula hasta niveles que sólo los más favorecidos pueden permitirse (¿es esto el primer paso hacia los créditos universitarios que tiene ahogados a los estadounidenses? ¿puede ser la piedra de toque de la siguiente crisis de deuda, particular en este caso?).

Y, para rizar ya el rizo, la irrupción de las tecnologías de la información han traído consigo una paradoja que casi nadie se esperaba: a mayor acceso a la información y al conocimiento, menor interés por él. Su aparición ha dado tanta libertad al individuo y tanta sobreoferta, que la reacción ha sido más de protección que de involucración. Este tema merecería un capítulo en sí mismo.

Los docentes nos encontramos con jóvenes de 20 años vulnerables, sin experiencias de vida, con carencias alarmantes, desmotivados y concentrados en aspectos vitales superficiales.

El resultado es evidente. Si hubiera una PISA de la universidad en España se daría visibilidad a lo que nos encontramos los docentes todos los días en clase: jóvenes de 20 años vulnerables, sin experiencias de vida (al respecto, es preocupante lo que alerta el sociólogo Jonathan Haidt), con carencias técnicas y generales alarmantes a las que no les dan ninguna importancia, desmotivados por aprender o conocer cosas nuevas y centrados y concentrados en aspectos vitales superficiales.

Pero ojo, no quisiera terminar dejando un sabor de desmoronamiento moral. Si bien la sociedad que estamos construyendo va a ser más desigual (porque los jóvenes que sí han sido bien formados en la enseñanza obligatoria, que los hay, van a aprovechar mejor su paso por la educación superior, beneficiándose de los métodos de enseñanza y con la posibilidad de salir a Europa a desenvolverse), probablemente será mejor que la nuestra en muchos otros aspectos: solidaridad y/o concienciación con el medio ambiente. Todo será cuestión de madurar.

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Sergio Mena Autor

Doctor en Periodismo y profesor del departamento de Periodismo y Nuevos Medios de la Facultad de CC. de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. Es miembro del Consejo Asesor de la Fundación Transparencia y Opinión